7/22/2013

Orientales saben cumplir

La selección uruguaya de fútbol suma 19 títulos internacionales: 15 Copas América y 4 Mundiales de fútbol (las primeras dos ediciones de Juegos Olímpicos fueron avalados por FIFA como Campeonato del Mundo). Cifra envidiable de logros si consideramos variables como población, región geográfica y economía.

Sin embargo la Celeste tiene activos codiciados en el mundo del fútbol. Porteros solventes, defensas aguerridos, mediocampistas todoterreno y delanteros exquisitos. Siempre se puede seleccionar entre su amplio menú y deleitarse del bufet.

La República Oriental del Uruguay, abarca apenas 176 mil km² el segundo país más pequeño de Sudamérica y posee la décima población del subcontinente con poco más de 3 millones. Limita al noreste con el pentacampeón del mundo y al oeste con un bicampeón que presume a los mejores futbolistas de la historia.

Comparados con Europa su palmarés no palidece: España, los mejores de hoy, tienen un mundial, 3 títulos europeos y un oro olímpico. Si sumamos los logros de los mejores de siempre: Alemania e Italia engloban 7 mundiales, 4 europeos y una presea áurea.

A nivel de clubes Uruguay ha ganado 17 títulos entre los que destacan seis Intercontinentales. Un fútbol único, un modelo único, en un país único. Siempre han estado más allá de la garra, igual destilan un Francescoli que un Montero. Un Schiaffino o un Forlán.

Según señala el diario El Observador -con notable investigación al respecto- Uruguay exportó más de 1500 jugadores en los últimos diez años. El último semestre vendió futbolistas a equipos en Minsk, Managua, Dubai e incluso Sered una pequeña localidad en Eslovaquía.

El mercado de piernas charrúa solo está por debajo de Brasil y es equivalente al argentino, pese a que éstos países superan la población de Uruguay por sesenta y trece veces respectivamente.

Solo en el mercado de pases más reciente vendieron 112 futbolistas. Nacional y Peñarol, sus buques insignia, negociaron más y mejor. Pero equipos modestos como Tanque Sisley o Rampla Juniors se desprendieron de hasta ocho jugadores.

En una década, Nacional de Montevideo colocó casi un centenar de jugadores en el mercado extranjero seguido por Peñarol (84), Defensor Sporting (71) y Danubio (69).

Como en toda Latinoamérica, el fútbol ocupa un lugar preponderante en la cultura uruguaya, donde el entorno social incita a los jóvenes a hacer una prometedora carrera que difícilmente lograrían en otros ámbitos del desarrollo humano.

Los clubes incapaces de retener sus talentos debido a su economía o la falta de competitividad con mercados foráneos, desarrollan sistemas redituables de venta que incluyen cesiones de derechos a intermediarios o la retención de porcentajes de la ficha total del futbolista.

No importa si son los 8 millones de euros (cifra récord) que el Liverpool inglés pagó por Sebastián Coates en 2011 o la cesión de Juan Carballo a la tercera división Paranaense. El balance de la liga ha superado los 17 millones de euros de forma sostenida por un lustro.

Todos estos éxitos están respaldados por un sistema camaleónico que produce, se desarrolla y se mimetiza de forma natural a lo que dicta la macroeconomía del balompié y cuando eso no es suficiente el estado no duda en intervenir.

En 2009 el entonces presidente del país, Tabaré Vázquez, aprobó una ley que benefició a los clubes, incrementando el porcentaje recibido en transacciones por los años de formación. También prohibió conflictos de interés entre agentes de jugadores y la cúpula de clubes deportivos

Hoy ante tanta concupiscencia alrededor del futbolista. Cuando la vorágine comercial explota al jugador como producto mediático, y las restricciones económicas y reglamentarias fallan ante el lucro sin las directrices básicas de ética interviene la "garra charrúa".

El gobierno oriental crea el plan "Gol al Futuro" que exigirá a los jugadores de Primera y Segunda división el certificado de estudios secundario y además será un requisito para competir con la selección nacional.

El proyecto a cinco años, es parte de un programa nacional para la formación integral del futbolista sustentado en la educación. Este proyecto incluye a los 3.600 jugadores de las categorías formativas de todo el país a partir de la cuarta división.

Asimismo ante la escalada de violencia del fútbol y el secuestro del espectáculo por parte de barras bravas, que algunos sectores señalan con influencia dentro de los clubes. De nuevo el gobierno ahora presidido por José Mujica decide intervenir.

Logrando ayer que los clubes se comprometieran a aprobar en horas el estatuto de FIFA que prevé restar puntos en caso de disturbios. Además del compromiso de adquirir la tecnología de reconocimiento facial para el registro digital de aficionados violentos.

La presión federal resultó tras retirar la fuerza pública de los estadios Centenario (Peñarol) y Parque Centra l(Nacional) lo que orilló a la Mutual, la asociación de futbolistas profesionales del país, a negarse a jugar por obvias cuestiones de seguridad.

Todavía con la estructura de la federación uruguaya estremecida tras la polémica y entramada salida de Sebastián Bauza, quien afirmó se marchaba "por la falta de gobernabilidad en el fútbol", Mujica sentó de nuevo las reglas del juego haciendo cumplir sus exigencias.

"Yo me metí con la tribuna, no con el fútbol", contestó sobrio Mujica cuando un periodista le preguntó por la investigación iniciada por FIFA y Conmebol y la posible sanción de comprobarse la injerencia externa en la administración de la federación uruguaya.

Aún están por discernirse las consecuencias dentro y fuera del campo que tendrán las luchas de poderes e intereses (televisivos y políticos) en el balompié celeste, sin embargo no pueden pasarse por alto la gestión orgánica y constitutiva que han desarrollado por décadas.

El fútbol uruguayo es un modelo en muchos sentidos y pese al momento de crisis actual, con estas iniciativas instalan un precedente en el fútbol de alto rendimiento que además, puede propagarse como agente de cambio en regiones donde la pasión por el deporte exacerba frustraciones y genera violencia.

El fútbol uruguayo planta cara y le dará fuerza a la materia prima del fútbol para que contagien del campo hacia afuera los verdaderos valores del fútbol. Los orientales saben cumplir.

6/20/2013

Como samurai

México y Japón se convirtieron en los primeros eliminados de la Copa Confederaciones. Las sensaciones dejadas por ambos equipos son diametralmente opuestas.

Mientras Japón debe mostrar grandeza para tolerar la injusticia de un resultado, México murió de nada entre decisiones  apresuradas mimetizadas en el espejismo de la entrega y la lucha.

Los preceptos clásicos de la filosofía samurai dan vital importancia a la forma de sucumbir por una causa, incluso la auto inmolación para evitar la vergüenza de la derrota.

México  se despide confundido, pensando que  transpirando se asegura un  rendimiento futbolístico con base en la deconstrucción  del rival. 

Japón potencia sus calidades individuales a través de la coordinación de esfuerzos y explotación al límite de las mismas.

"Nadie estimula condiciones que no existen y nadie activa potenciales afectivos que el ser humano no tiene", alecciona Marcelo Bielsa

México demostró que poseer aptitudes y condiciones no es lo mismo que saberlas disponer en el terreno de juego. No alcanza con la materia prima,  hay que procesarla.

Mientras los japoneses se imponían a la jerarquía de un tetracampeón del mundo con ímpetu y ritmo frenético que por mucho excede  la influencia de su entrenador,  los mexicanos se aferraban al orden limitante del suyo.

 Uchida y Nagatomo parecían Roberto Carlos y Cafú, Okazaki arrollaba a lo Van Basten y Honda derrochaba talento maradoniano. México simplemente esperaba una variante muda desde el banco.

Al final termina siendo lo más sencillo para el jugador sudar la camiseta y quitarse la responsabilidad de pensar, crear o imaginar. Se privilegia el esfuerzo y la lucha cuando eso debería estar implícito.

México regresará a su eliminatoria a seguir ponderando los mismos valores equivocados y calificará sin problema por el sistema de competencia. Japón se va eliminado del torneo con los deberes  hechos y  lecciones aprendidas para un Mundial que ya se aseguró. Al final parece mejor despedirse como samurai. 

6/11/2013

Exotismo confederado

 La Copa Confederaciones nace en el extravagante terruño de un principado saudí que intentaba deleitarse de fútbol donde no lo había. Un visionario comerciante tomó la idea, le dio oficialismo y la rebautizó.

La Copa es tan inusual que tiene en su palmarés a Dinamarca (1995) y México (1999). Desde que tomó cierta consideración los campeones solo hablan francés o portugués. También han disputado el torneo invitados singulares como Canadá, Irak y ahora Tahití.

Dentro de los datos duros del certamen encontramos como su mejor participante a un histórico. Además de tres títulos Brasil encabeza estadísticas como goles anotados con 64 (duplica al segundo, Francia) y figura con 28 partidos jugados, más que Japón (tercero) y Australia (cuarto) juntos.

México segundo en cantidad de encuentros, gusta de tener un pase casi "vitalicio" al evento que ya ganó como local. Suele jugar sin presiones (como todos) y aquí es donde presume de sus mejores partidos contra los grandes.

La vitrina del paradisíaco destino ofrece el escenario perfecto para que José Manuel De la Torre adecúe su equipo. Que ofrezca la versión deseada del tricolor para Brasil 2014. Alejada en mucho de la rocosa eliminatoria "concacafkiana".

Jugar contra Italia y Brasil en tres días y un posible cruce oficial contra España, situarán a México en su realidad futbolística tan dilatada por un oro olímpico o tan vilipendiada por su falta de estilo y generosidad con el espectáculo.

Pintoresca de cepa la Copa se muda a las carnavalescas Río, Bahía y Belo Horizonte donde seguirá acrecentando su catálogo. No importa si se baila samba, flamenco o tarantela esperemos que acompañe el mariachi en ese exotismo confederado.

5/28/2013

Región cuatro




El conformismo destruye, la aceptación de la realidad como destino y no como un desafío limita, además coarta la imaginación de  escenarios alternativos de un futuro que se espera como penitencia inevitable.

Los mexicanos en general somos audiencia de gestas increíbles que el deporte aporta, admiramos con envidia desde la televisión  triunfos que parecen gloriosos, incluso participamos de festejos ajenos que tratamos de apropiar buscando justificaciones insulsas.

El partido de fútbol del domingo por la noche no solo rescata en particular al americanismo de su escarnio mordaz y cíclico. Rescata en general al fútbol mexicano y hace propia y tangible una historia digna de celebración.

A cuenta gotas el fútbol mexicano puede presumir triunfos de alto calibre que le den credibilidad y cotización internacional. Para terminar pronto solo una medalla dorada y un par de títulos infantiles. A nivel de clubes es todavía más arduo presumir de algo.

Minutos de desorden táctico, fe, iniciativa, apoyo mutuo y extrema resistencia física... en resumen intrepidez y cojones, avalan un triunfo épico que de no haberse conseguido así generaría especulaciones. 

El onceavo título azulcrema no da pie a nada, americanistas y antiamericanistas admiraron el desarrollo del partido y más allá de los colores, el campeonato redime la esencia de un deporte pisoteado por el lucro del negocio.

El protagonista no podía ser otro, tenía que ser el polarizado América, el que no da espacio para grises. El único capaz de convencer al más reacio con sus galones e historia a cuestas. Dicen que la diferencia entre ser y parecer es la duración de la pose.

El antagonista era ideal como si fuese un guión cinematográfico el destino había puesto a un rival histórico que buscaba sacudirse su propio paludismo. Solo los buenos rivales engrandecen, pobres de los equipos que nadie ama, odia o llora.

Los clásicos viven de momentos y los momentos son jugadas, goles nombres y errores que deciden campeonatos. Con el ímpetu que caracteriza a los bárbaros, América se lanzó al frente cuando ya no tenía un solo argumento futbolístico para seguir ofendiendo.

Después llegaron dos goles descomunales (en lo anímico), nada exquisitos, sin delicadeza, sin estética pero lograron lo que días antes guardadas las distancias geográficas y de calidades no pudieron hacer Real Madrid, Barcelona y Dortmund. 

Hay que empezar enamorándose de las diferencias porque las cosas en común duran poco y copiadas menos. Se suele desechar con juicios de valor sin argumentos la legitimidad de ser campeón en México con la simplicidad de señalar el código postal.

Hoy Benítez, Perea o Basanta hablan mejor del fútbol mexicano y su competitividad que la mayoría de aficionados que se siguen disfrazando de azulgranas o merengues. Todos ellos responden con calidad y orgullo su lugar de procedencia en cada convocatoria.

"A México van todos y se regresan todos... con plata pero sin ganar nada" dijo Ricardo La Volpe hace algunos años cuando le cuestionaron los medios su llegada al timón de Boca Juniors.

Pep Guardiola ha reconocido en diversas ocasiones que aprendió en a "salir de novios" desde el fondo en nuestro país y que la calidad de los zagueros no está vinculada con su físico.

Beenhakker, Cappa, Bielsa, Menotti, Milutinovic hasta Sven-Göran Eriksson aprendieron lo complicado que es el velipendiado fútbol mexicano, aún así reconocen en cualquier meridiano su competitividad que muchos aquí ven con desgano por su implicación y distancia.

En nuestra cotidiana urgencia donde se pondera lo económico a lo deportivo y la primera necesidad es sobrevivir entre televisoras, la multipropiedad y el sistema de (in)competencia, partidos como la final del domingo dan oxígeno puro y verosimilitud al deporte. 

Un deporte que en México cuenta con más vicios que virtudes y que en tres minutos, dos tiempos extras y ocho penales ganó más credibilidad que con todos los protocolos y mercadotecnia que maquillan la nueva Liga MX.

Abracemos entonces el triunfo americanista no como un título más, sino como la revitalización de un futuro mejor para el balompié azteca que nos ilusione como con las fábulas europeas pero siempre en región cuatro.

4/23/2013

"El Mole"




Adolfo es un maestro universitario extravagante, fuera de esquemas y arquetipos. De esos que te comen la oreja y te hacen devorar páginas con soltar bibliografías. Te inmiscuye en discusiones silogistas incesantes que exceden aulas y terminan en bares.

Implora por asertividad, alienta el pragmátismo, valora la implicación y la distancia como esencia de opinión. Distingue el insulto del argumento a partir del respeto, califica con un ceño y se pasa la asistencia por los huevos.

Es la primera vez que en tres años vi entrar "oyentes" a una clase en mi pusilánime universidad. La materia es lo de menos, la gente lo viene a escuchar y con suerte aprehender. Zambo, gafapasta y la misma mezclilla de siempre.

 El tipo es elocuente en clase y ecuánime ante el juicio, parece improvisar sus sesiones, ocasionalmente consulta y escribe en su librito de bolsillo. Su dialéctica engancha, seduce, deleita los oídos más exigentes y amortigua ideas en las mentes aletargadas.

No parece mayor que cualquier otro en el salón pero al hablarnos desparrama experiencia y describe una trayectoria académica cosmopolita. Hoy luce particularmente aciago y distante.

Matías y yo nos hemos instruido de sus lecciones hasta en el billar de la esquina, incluso alguna vez pagamos una apuesta futbolera que terminó con inasistencias el lunes. 

Con la ingenuidad del alumno cómplice que se siente amigo preguntamos porqué tan mamón. Tajante respuesta "Hoy no estés chingando Mati". Igual detectó la honesta intención o solo que fuimos los primeros en preguntar pero reculó y nos invitó a su casa la noche siguiente.

Vivía literalmente en una troje purépecha. La desmontó cerca de Patzcuaro y la armó con precisión en la carretera federal a Cuernavaca, según explicó. El lugar era reflejo de su actitud: diseño sustentable, energía renovable, captación de lluvia, horno de leña, hortalizas orgánicas, cultivo hidropónico, etcétera.

Una vez dentro el lugar era todavía más acogedor me parecía un chalet suizo, aunque tampoco conozco ninguno. Sobre los gruesos tablones hábilmente unidos por ensamble y cuatrapeo sin un solo amarre, lucían incontables crucifijos de todas formas y materiales.

La reunión empezó sin muchos invitados a todos nos presentó como sus "kohai". Se hablaba igual inglés, francés que italiano. Después de cenar comida libanesa en el exterior se encendió una fogata, todo mientras el vino y los mosquitos hacían estragos.

Cuando la noche se hizo larga indagamos sobre las creencias religiosas de Alberto por aquello de las cruces, Alberto movió la cabeza y nos preguntó si queríamos un trago indeleble al paladar y destapó lo mejor de su cava.

Antes que empezaran a despedirse los asistentes, confesó que la reunión se fraguó para anunciar el embarazo de su novia quien no dudo en enseñar una barriga notablemente plana para una cuatromesina.

Los que se iban se quedaron y los que se resistían a la embriaguez decidieron ceder un poco como un mero gesto convencional. Era una fiesta exquisita pese a lo exhibido de nuestras personalidades se charlaba de nada y se coincidía en todo. La noche siguió, la futura madre entró por una frazada y nunca volvió. El resto huía por la terquedad de Alberto para continuar.

Con el fuego extinto al final quedamos el anfitrión, Matías y yo. La realidad es que ya habíamos aceptado el hospedaje y una visita a Tres Marías para contrarrestar la resaca matutina. Dentro de la casa insistimos con el mal rollo que ese fervoroso decorado levantaba.

De inmediato se levantó, se perdió en la cocina y volvió con una cajita tallada nada desdeñable. De ahí sacó un cultivo de hidroponia y una pipa peruana. Ante la efectividad del artefacto difícilmente podría narrar lo que pasó la siguiente hora.

Aún así recuerdo las cargadas constantes de Matías con el tema de las cruces, contó hasta cuarenta solo en su camino al baño. Jodimos a Alberto hasta que medio huraño interrumpió: "Les voy a decir cabrones solo porque ya tengo medio hijo y ustedes son sus niñeras".

La respuesta biológica involuntaria al comentario fue vasta, Matías casi se orinó de la risa y yo con trabajo contenía la propia, la pipa inca era verdaderamente magnífica.

Nací en Nueva Italia cerca de Apatzingán (de ahí el apellido genovés) pero me acuerdo poco y nada. Mi padre no me reconoció y una madre soltera y joven está jodida en provincia sin el apoyo de su familia.

Nuestra risa comenzó a menguar conforme siguió el relato. Mi madre dejó el pueblo con una mano delante y otra atrás y obvio un chamaco a cuestas. Llegamos a Morelia y apenas lográbamos subsistir, dormíamos en el atrio de una parroquia.

No pasó mucho tiempo para que el cura nos descubriera "era un hijo de puta" interrumpió, nos dejó quedarnos con él en la casa cural muy cerca de la iglesia. Se lo iba a cobrar tarde o temprano.

Ya no esbozábamos sonrisa alguna y escuchábamos atentos. Él fue el primero que se la folló, esa misma noche le regaló un crucifijo y le dijo que con eso dios la perdonaría por sus pecados. Con el tiempo fue él también quien la recomendaba entre sus feligreses.

Cada vez que mi madre regresaba tarde al otro día íbamos a comprar un crucifijo al mercado. Con el tiempo era yo quien los compraba cuando mi madre se tenía que quedar a cuidar a mi nuevo hermano, hijo del cura o igual de cualquier otro.

Nunca volvimos a tener hambre, nos cambiamos de casa, estudiamos hasta ahí hasta el bachillerato, jamás nos faltó nada. Mi mamá nos llevó con nuestra primera puta, yo no tenía ni 15, mi hermano más chico. Ella decía que si en casa del panadero hay pan, pues que aprovecháramos, sonrío. 

Para entonces no quedaba rastro alguno de borrachera, teníamos el pedo en las suelas. Matías no levantaba la mirada y yo me rascaba incómodo la cabeza, no podía articular palabra. 

Yo me vine a la capital para estudiar la carrera, continuó, mi hermano me alcanzó un par de años más tarde. Cuando lo recibí en la terminal no necesitamos ni hablarlo, borramos con una mirada cómplice nuestro pasado.

En el fondo la vergüenza nos corroía y terminamos distanciando las visitas a Morelia de meses a años. Luego conseguí una beca y dejé el país, sin sentir motivos para volver pasé seis años fuera. Un día recibí una llamada mi hermano dijo que mi madre murió.

Regresé y fuimos juntos su casa, hicimos lo que cualquiera hubiera hecho con el mínimo respeto posible, vendimos la casa al primero que ofertó y lo único que trajimos fueron sus cruces, las dividimos y prometí no volver avergonzarme de ella. 

"Mi mamá era puta y tengo una cruz por cada palo que se aventó". Las palabras taladraron mi cabeza y recorrieron mi espina, entendí el significado del silencio incómodo. Mientras recorría con la mirada derredor. Podía escuchar el motor del refri y los grillos. El zapato de Matías rechinaba la duela.  

Alberto explotó súbitamente en carcajadas fueron inevitablemente contagiosas: "A mi hermano le digo 'El mole', articulaba con esfuerzo mientras trataba de recuperar el aliento del júbilo, porque...jajajaja... porque está hecho de varios chiles".